Libranos del mal
A pesar de los años arañados en la cara,
supe que era ella en cuanto la vi. ¿Cuánto tiempo había pasado, treinta años
tal vez?
«Guarde los objetos metálicos en los
casilleros de la entrada». Vuelve a sonar la cantinela sin que nadie abra la
puerta.
Me giro con curiosidad para ver quién
trata de entrar a la sucursal y allí está, presa en la cabina de cristal.
Vuelven a diferenciarnos veinte
centímetros de altura, esta vez a mi favor. Para ver sus ojos tengo que bajar
los míos, así me encuentro con la certeza de que es ella.
Y vuelvo a hacerme pis encima sin que mi
vejiga vierta una gota. Y vuelvo a convertirme en piedra.
«Que acabe pronto, que acabe ya»,
martillea en mi cabeza.
Las puertas se abren y la siento a mi
espalda. Sé que va a dirigirse a mí porque estoy al lado de la máquina
dispensadora de turnos, que no funciona. Escucho su voz preguntándome si soy la
última, y solo puedo asentir con la mirada.
Regreso a la soledad de la clase de primaria,
a sentarme en el pupitre con las piernas cubiertas de príncipe de gales.
─«Yo pecador me confieso a Dios», repite
conmigo Martita ─susurra a mi oído.─ Tenemos que confesar los pecados ante
nuestro señor, solo él puede perdonar nuestras afrentas.
Yo repito mientras su mano sube por mis
muslos y recito hacia dentro «que acabe pronto, que acabe ya». Siento sus dedos
cruzando la frontera de algodón de mis bragas, y peñascos de miedo, asco y
culpa, hacen aún más grises los cuadros de mi falda.
Acaba la oración y sus manos vuelven donde
siempre están cuando no están bajo mi ropa, a entrelazarse bajo su barbilla,
sirviendo de apoyo al pozo de estiércol que habita en su cabeza.
Me despide recordándome que el próximo
miércoles tengo que quedarme después de clase. Hay que repasar el catecismo.
─Y lo más importante Martita ─me dice─ yo
me confieso a Dios, recuerda, solo a Dios.
Hoy, cuarenta años después, en la cola de un
Banco, siento como me invade la ira, y como se remueven en mi mente todos los
cadáveres que ha ido dejando. La ausencia de sexo, las relaciones fallidas, los
hijos que nunca tuve y ya no tendré, los psicólogos que me han tratado…
Todos ellos me dicen que le haga frente,
que ahora es mi oportunidad de cerrar esa puerta que siempre ha sido de salida
y nunca de entrada.
En mi boca se atropellan las palabras y
los insultos se pisan por salir. La busco a mi espalda y la descubro sentada en
un rincón, esperando su turno. Con la mirada de búho convertida ya en gorrión,
perdida en una silla que le viene grande.
Aunque solo yo sé que la cara no es el
espejo del alma y que la suya está llena de ponzoña, cuando me acerco a ella
reparo en sus manos, salpicadas de vejez. Me doy cuenta de lo fácil que sería
ahora aplastarla entre mis dedos y hacerla desaparecer, pero eso solo me
convertiría en ella.



Yo creo que tampoco me vengaría. Pero, sutilmente, comentaría algo para traspasar mis infiernos de mi cabeza a la suya...
ResponderEliminarEs una opción, pero creo que la protagonista lo supera desde la conmiseración, y eso da mucha paz. Gracias por leerlo.
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