La casa del acantilado
La casa del acantilado … «Entre mis sueños siempre hay una casa que mira al mar y me regala historias. Es un lugar que no existe, pero donde yo me escondo. A veces pienso en arreglarlo, dejar la puerta abierta y plantar flores de colores en las grietas del cemento». Es lo que llamo «pensamiento recurrente»; toda mi vida he tenido uno donde escapar. En ocasiones, alguna imagen fija. Una pared blanca fue mi primer escondite; pensaba que, si fijaba la vista en ella hasta que me venciera el sueño, nada malo podría ocurrirme. Técnicas de relajación inventadas por una niña de seis años; así dormía sin pesadillas, mirando ese muro. Para no sentir dolor, me hundía en la ceguera. Huía sin moverme. La vaguería, la pereza —mi mancha original— impedían que corriera, que saliera a jugar o, simplemente, me alejaba para no ver. Me ausentaba del mundo casi hasta el desvanecimiento; practiqué tanto que lo hacía de día y de noche, sola o acompañada. Terminaron por llevarme al médico y me vigilaron...








