Como perros y gatos

Como perros y gatos… 
Mira que pesa el desgraciado. 
Le suelta y un ligero olor a cebolla se desprende de sus manos, que se limpia con repugnancia en los pantalones. ¡Qué asco, hasta muerto suda! No hay manera de moverle, ni llevándole por las axilas, ni cogiéndole por los pies. No hay forma.
Da varias vueltas alrededor del cuerpo, intentando buscar la solución.
La de veces que ha imaginado ese momento y ahora…Pero, ¿qué he hecho? No sé cómo ha ocurrido, ha sido verle delante de mí, y no poder resistir la tentación de empujarle. Cuando he escuchado ese sonido de árbol talado, no he necesitado mirarle ni ver el charco de sangre para saberlo, ¡se ha matado!, he pensado. El cabrón va y se mata.
Yo no tengo la culpa de que se haya golpeado la cabeza, puedo llamar a la policía y decir que se ha caído, un accidente, un traspiés y zas, pero, ¿y sí investigan? ¿Y si analizan la caída como en las series de televisión? Empezaran que si el ángulo, que si la fuerza del impulso, que si es imposible caer de ese modo por un simple tropezón.
Joder, que soy el único que estaba con él, bueno yo, y los gatos del jardín. Piensa mientras descubre a dos de ellos mirando por la ventana. En un acto reflejo la cierra, y los dos animales salen huyendo. Mira al horizonte, intentando adivinar si le han podido ver desde algún edificio. Imposible, frente al jardín de la nave donde trabajan solo hay un parque, nadie ha podido ver ni oír nada. Solo estaban ellos dos haciendo una de las rondas nocturnas, como cada noche en los últimos veinte años.
Se dice pronto, veinte años aguantándole. Juntos noche tras noche de servicio; escuchándole hablar sin callar un minuto, que lo mismo le daba comentar las noticias, que criticar a unos y otros, o hablarme de su pueblo al que no iba nunca porque nadie le soportaba. Con ese asqueroso acento de paleto orgulloso y soberbio. Y ese olor a pies al que te acabas acostumbrando con el paso de las horas, pero hasta que llega ese momento sientes como cada poro de tu piel, cada recodo del cerebro, se va contaminando de un tufo espeso y amarillo, que te pone de una mala hostia…
Aquí estás ahora, con la cabeza partida como una nuez. Maloliente, pero al menos, mudo ya. Y no me das pena, lo que me das es asco y trabajo, porque a ver qué hago yo contigo ahora.
Comienza a tocar cada instrumento que cuelga de su cinturón de segurata, sopesando si hay algo que le pueda servir. Esposas, no; pistola ¿ya, para qué? Y la defensa, como no sea para metérsela por el culo como he soñado tantas veces.
De paso se pregunta para qué le valdrá todo eso que tiende de su cintura y que no ha usado en su vida, pero que a cambio, le ha ocasionado una trocanteritis crónica en la cadera.
 Tiene siete horas por delante para tomar una decisión, antes de que empiecen a llegar los trabajadores. 
A ver Alfonso, que tú eres un hombre pragmático. Ventajas e inconvenientes, analiza. 
Ventajas: No tiene familia, nadie le echará de menos. Amigos, nunca los ha nombrado. ¿Quién va a soportar a una persona maledicente y envidiosa como él?
Inconvenientes: Vive de alquiler, se darán cuenta de su desaparición. En el trabajo sospecharan. Y sobre todo, ¿qué coño hago con el cuerpo para que no lo descubran?
Decide salir al patio a fumar un cigarrillo, aunque la noche es caliente, al menos, fuera se respira mejor. 
Puede contar una docena de luces verdes observándole, suspendidas en el aire, como flotando. Adivina cuerpos negros tras ellas, expectantes, hambrientos, ansiosos. Recuerda las latas de atún que ha traído para la cena, entonces se le ocurre…
Abre la primera cerca de ellos, los llama. Mininos, venid, mirad lo que tengo para vosotros. Y deja un reguero grasiento tras él que se va marcando con diminutas huellas silenciosas que le persiguen. Llega al pie de la escalera donde se encuentra con el cuerpo de Gerva, y le rocía con el contenido de cada una de las tres latas de atún que componían su cena. 
Ahí os quedáis, ¡qué aproveche! , les desea. Se dirige a la garita a esperar, abre un libro, se coloca las gafas para la presbicia y lee. ¡Ya era hora!, aunque me metan preso voy a darme el gusto de una noche de tranquilidad y silencio.
Pasa de un par de horas leyendo, como único sonido los maullidos de los gatos disfrutando el festín.
Acaba la noche y escucha al primer empleado entrar, recoge la mochila, que pesa más que otros días y sale a su encuentro.
—Buenos días D. Antonio
—¿Qué tal Alfonso? ¿Todo tranquilo?
—Todo bien, el único inconveniente han sido los gatos, que se han colado por la ventana de la segunda planta, han revuelto las bolsas de basura, y han dejado una peste… Pero lo hemos recogido todo, habría que llamar al ayuntamiento para que se los llevara de aquí, no dan más que problemas.
—Tienes razón. Descansa Alfonso —le responde el otro cubriéndose un bostezo.
El vigilante atraviesa la verja cambiándose la mochila de brazo, varios gatos negros ronronean y se frotan contra sus piernas.
—Ya está bien amigos, dejad al menos los huesos.
Con esto mi perro Sultán tendrá al menos para un mes.


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