La última hora

La última hora…
─Sabía que te encontraría aquí.
─Siempre has sido muy espabilado ─le dice el anciano con una sonrisa, sin dejar de rebuscar en el cajón.
─¿Qué estás buscando?
─La llave de los relojes, ¿no te das cuenta?, se han parado todos ─contesta mientras va depositando todo lo que encuentra encima del escritorio.
─No la busques más, no merece la pena. Siguen ocurriendo cosas, sea la hora que sea. ¿Recuerdas cuándo era pequeño? 
─¿Y tú? ¿Recuerdas, nuestros viajes por el mundo? Aún puedo verte trajinando entre estos muebles. Esa silla de ahí, la Luis XV, era el caballo con el que atravesabas el desierto. ¿Y el viejo baúl?, sí, ese que está detrás del reloj. Ese era el palacio de Westminster con el Big Ben presidiéndolo. «Aquí encierro a los malos, papá, en Güesmister», decías.
─Era muy divertido. Y cómo se enfadaba mamá porque me dejabas subir solo, ¿verdad?, parece que la estoy oyendo. «¡Estás loco!, la escalera del desván es peligrosísima para que el chico ande todo el día subiendo y bajando, como si tal cosa». «Esto no es un desván mamá, es nuestro reino al que solo se llega por la escalera de caracol secreta, y tú no puedes estar aquí», le contestaba yo. 
─Y ella tenía razón, como siempre. Pero me gustaba tanto que estuvieras aquí conmigo, haciéndome compañía mientras trabajaba ─responde sin dejar de buscar, mientras saca cada objeto, sin prisa.
─Aún paladeo el chocolate de la merienda. Al llegar del colegio dejaba la cartera, cogía un trozo de pan con una onza de la tableta, y volaba hacia aquí.
─Y aquí te esperaba yo, entre los relojes, el viejo buró y los demás muebles que esperaban su turno para ser arreglados.
─Me sentaba a verte trabajar mientras comía. Lo que más me gustaba era cuando estabas barnizando, ¡ese olor! Entonces me contabas que olía así porque estábamos en un bazar de la antigua Persia. En una tienda de  perfumes elaborados con plantas exóticas.
Otras veces era una antigua botica de Damasco, y entre sus paredes se inventaban fórmulas para curar enfermedades.
─Disfrutabas tanto escuchando esas historias ─asiente satisfecho el viejo, con la mirada perdida entre la nieve que habita en el pisapapeles de cristal.
─Podía ver todas esas ciudades crecer entre los muebles. Los edificios, las calles. Cuando te lo dije decidiste que cada reloj marcaría la hora del país en el que estuviera.
─Seis horas más en Brunei, una en Jordania, y en Irán dos y media. El único que iba por detrás era el Big Ben, siempre una hora menos que la que marcaba mi reloj de pulsera ─dice mientras mira su muñeca izquierda, desnuda ya.
─Eso es lo único que jamás me dejaste tocar. Los relojes. «Si pierdes la llave no se podrán poner más en  hora», me repetías con tu eterna paciencia.
─Y ahora soy yo el que no la encuentra.
─Ya no está papá, no la busques más.
─Tiene que estar. Siempre la dejo aquí ─responde enfadado.
─Debiste de vender todo esto, incluso la casa cuando ocurrió el accidente. Teníais que haber empezado una nueva vida, en otro lugar, donde no hubiera recuerdos.
─Tal vez la haya puesto en otro sitio ─continua nervioso mientras saca el cajón ya vacío del hueco que ocupa, volcándolo sin que nada ya caiga de él.
─No papá. No está en otro sitio. Hace muchos años que la tiraste. 
─¿La tire? ¿Y por qué iba a hacer eso? ─pregunta girándose con el cajón aún entre  las manos.
─Yo había llegado antes del colegio, y tú habías salido a entregar una alacena que vendiste días antes. Aproveché que no estabas para cogerla. Quería ser yo el que manejara el tiempo en el mundo. Como decías: «quién tiene el tiempo tiene el poder». 
»Debía darme prisa, podías volver en cualquier momento, y si me sorprendías te ibas a enfadar conmigo.
»Baje los peldaños corriendo, y uno de ellos se partió en dos. Nuestra escalera de caracol se convirtió de nuevo en la vieja escalera de mano que había sido siempre. Cuando llegaste a casa me encontraste tirado en el suelo, con la llave escondida en mi puño. 
─Eran las ocho y veinticinco ─se dice el anciano a si mismo, colocando de nuevo el cajón en el escritorio.─ Primero fue Londres, como una profecía dejaron las manillas de girar. Después fue Jordania, Irán…hasta que uno a uno, todos los relojes de tu imperio fueron marcando la última hora.








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