Dolor y vida
Una cucharada y otra más. Solo quedan tres o cuatro, ya se transparenta el mantel de cuadros, por el cristal caramelo del plato.
— Mamá, ¿no hay más?
—¿Lentejas? ¡Pero bueno!, si te has comido un plato hasta arriba. Ya no quedan, hija.
—Qué pena mami, estaban tan ricas.
La miro, y el recuerdo de las lentejas queda interrumpido por la estrofa de la canción de Bola de nieve, que no sé por qué no sale de mi cabeza: «si solo queda en mi dolor y vida. ¡Ay amor, no me dejes vivir!»
Y vuelvo a mirarla. Por fin se ha dormido.
Otra vez aquí, en el dichoso hospital. Cada vez pasa menos tiempo entre un ingreso y otro. Intento acomodarme en la silla de escay y quedarme un rato en el recuerdo, ahora que mi madre duerme y la señora de la cama de al lado parece que también.
Vuelvo a vernos, yo tan pequeña y ella tan joven. Regresamos a la casa de la sierra, era invierno, hacía frío, pero allí estábamos las dos juntas, felices.
En esos dos días aprendí a montar en bicicleta, aprovechamos para recoger piñas, y comí las mejores lentejas de mi vida. No se podía vivir más y mejor en menos tiempo.
No sé por qué estaríamos allí las dos solas. Solas, igual que ahora pero distinto. Ahora soy yo la madre, la que cuida.
Bueno viejita, otro bache del que seguro saldremos.
Siento como el cansancio me arrulla y caigo en duermevela, al compás de los aparatos de oxígeno, las toses de mi madre, y la fuerte respiración de la abuela de al lado.
Me he quedado dormida un rato y me ha despertado el silencio. Entre penumbras puedo ver la silueta de mamá oscilar arriba y abajo, descansa. La señora de la cama de al lado no ha cambiado de posición en toda la noche, es entonces cuando me doy cuenta que ya no se escucha su respiración agitada, y entonces pienso: «se ha quedado tranquila, la pobre».
A las seis de la mañana una enfermera entra en la habitación y sin mediar palabra, corre la cortina que separa las dos camas antes de volver a salir. En ese instante me doy cuenta de que estoy en lo cierto y la señora ha encontrado la tranquilidad.
Me inquieta saber que existe una persona sin vida al lado nuestro. Pasa el tiempo y nadie regresa, yo soy incapaz de moverme de la silla. Otra vez Bola de nieve, y otra vez lentejas con chorizo, como si hubiera entrado en un bucle para no pensar, para no sentir.
A las ocho de la mañana me echan de la habitación, y paso por delante del cadáver, sin mirarle. Decido bajar a tomar un café y subirle otro a mi madre. ¿Qué puedo hacer si no darle normalidad a la situación para que ella no se entere?
Cuando subo de la cafetería con un café humeante en una mano y un bollo en la otra, salen los auxiliares de la habitación llevándose el cuerpo.
Mi madre ya despierta y animada, me dice cuando me ve:
—¡Qué bien, un café calentito! Creo que se acaban de llevar a esa mujer, le irán a hacer alguna prueba.
—Sí, mamá —contesto yo, tranquila al ver que no se ha enterado de nada.
—Hija abre la cortina, entre que la habitación es pequeña y esto en medio, no se puede respirar.
Y le hago caso, la retiro como si fuera un telón. Una fina separación entre la vida y la muerte.



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