21 gramos
21 gramos…
Tengo siete kilos de sobrepeso y cuarenta y dos gramos de exceso. Veintiuno míos, más los tuyos. Me preguntabas en tu último escrito si eras un animal, si no tenías alma. Te respondo, no la tienes porque la tengo yo en usufructo. Podrás recuperarla cuando quieras, pero no olvides que me la cediste un día, ¿lo recuerdas?, si no, puedo ayudarte a hacer memoria.
Fue aquella noche, en la que al salir de mí, al vaciarte, me dijiste: «he muerto, y mi cuerpo pesa veintiún gramos menos», yo te contesté, «no te preocupes, yo te resucito y me los quedo en custodia, total, unos gramos más en mí, no se notarán».
Y tú me contestaste, imaginándome todavía entre tus brazos mientras besabas mi pelo «sí, la he visto salir de mi con la forma de tu cuerpo, nunca hubiera imaginado que creyera en la iconografía cristiana, ni que tú fueras su imagen». Nos reímos, tú allí y, y yo…yo aquí.
Desde entonces hemos hecho muchas bromas sobre eso, mis carnes de más y tu ausencia de alma.
No mi vida, no eres un animal, ni un monstruo, ni siquiera un hombre equivocado, simplemente estás asustado. Cuando la vida se te va de las manos, cuando lo que crees y lo que quieres no caminan juntos…
He recibido tus últimas letras hace unos minutos, quería esperar para contestarte, reposarlo, pero me es imposible hacerlo, ya sabes que la paciencia no se encuentra entre mis virtudes. «Tu dolor es mi dolor», en algún sitio he leído esa frase que ahora me viene a la cabeza, y así lo siento. No quieres irte pero te vas, y tal vez yo, debería facilitarlo y ayudarte a marchar.
Me comentas que no puedes más, que te sientes mal, que haces daño, de palabra, obra y omisión… Otra vez el pecado, otra vez la culpa, una vez más esa cultura judeo-cristiana que nos atenaza y nos hace mártires, a la vez que verdugos.
Esto te lo escribo con la compañía de un whisky que tendría que ser compartido, como deben de ser los diálogos. No tengo ganas de entrar en luchas dialécticas ni morales, no ejerzo la moral, ya lo sabes, no tengo tiempo en una vida.
Perdóname, tal vez no debería ser tan clara, pero ya ¿qué más da?, si lo he perdido todo, hasta el whisky se está acabando. Y aún hoy, después de tantas misivas, de tanto amor epistolar, no te he dicho nunca te quiero.
Te quiero, tanto como creo en ti. Continúo con las citas bíblicas, será el alcohol que me hace recordar mis tiempos de colegio, «yo soy de mi amado y mi amado es para mí» Cantar de los Cantares.
Siempre será así, cerca o lejos, juntos o separados, en la primera persona del plural o en la segunda, pero es la prueba irrefutable de que el alma existe.
Lo constata mi báscula, sesenta y cinco kilos y cuarenta y dos gramos, conservados en alcohol.



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