Arde
Arde…
Arde, como dice la canción, la leña arde…
Me gustan los símbolos, pienso, supongo que son esas pequeñas señales que nos hacen pensar que la vida tiene sentido más allá de levantarse, llevar al niño al colegio, ir a trabajar y como mucho, tomar una cerveza con las amigas de vez en cuando.
Hoy, el chaval me ha preguntado qué era un deseo. Muy serio, como es él, mientras iba masticando una galleta camino al colegio.
─Un deseo es como cuando tú le pides a los reyes magos que te traigan juguetes. Pedir algo que te gusta mucho a quien te lo pueda traer.
─Yo voy a pedir un barco al ratoncito Pérez, cuando se me caiga el diente ─responde mientras toca el incisivo pendiente de un hilo, llenándose los dedos de miga y baba.
─Sí, hijo, tú pídeselo.
Ahí se termina la conversación, mientras, él se queda soñando con el barco que pronto atracará bajo su almohada y yo, yo solo soñando.
Por la noche, cuando le acuesto, después de un debate en la mesa acerca de la importancia de comer verdura; tras obligarle a ducharse y a lavarse los dientes, cuando ya está recogida toda la ropa que ha quedado esparcida por el suelo y guardados los juguetes en su habitación, me dice que el profesor ha escrito una nota para mí en su cuaderno. Le pregunto ¿por qué no me lo has dicho antes? Pero él ya se ha dado la vuelta y ha cerrado los ojos.
Me siento en la mecedora de su habitación, la misma donde hace siete años le daba el pecho, cuando éramos trinidad. «Cinco minutos y un vino», me digo, con el cuaderno sin abrir en una mano, con la copa en la otra.
La rutina me fatiga, me anestesia, hecho a volar antes de que la desidia me cierre los ojos, me deje en coma. Huyo de ella para aterrizar en la orilla de un mar cualquiera que luce como Madrid hoy, gris, templado y anunciando lluvia.
Vuelvo al mismo paisaje de siempre, gastado ya de transitarlo una y otra vez. Parecemos dos jubilados rondando a la tarde. No cambiamos la dirección, siempre nos dirigimos hacia el oeste, no sé por qué, no se trata de ninguna preferencia, es simplemente que mi cerebro está concebido para ir de derecha a izquierda y de abajo arriba.
Rozas el agua, la das patadas porque vas descalzo, yo, en cambio, sigo con los zapatos puestos, no me gusta que la arena se me meta entre los dedos. Te ríes de mí y me llamas señoritinga, me encojo de hombros, da igual lo que digas, lo importante es escucharte y verte sonreír. ¿En qué momento se convirtió tu sonrisa en un pasaporte a la gloria? Me pregunto mientras tu mano me aprieta. Tiras de mí en dirección al agua, haciéndome rabiar, y yo me escapo, comienzo a correr, quiero que vengas tras de mí y que me alcances, que me tires sobre la arena para verte de cerca. Me acaricias la lengua y una mariposa aletea en mi paladar. Trepo por tu respiración, por tus ojos, por tu boca. Entro en ti, me sumerjo a más de veinte mil leguas de un viaje intercostal, donde veo las estrellas y la tierra desde el mismo horizonte, debajo de ti. Todo lo veo desde el fondo de tu cuerpo. Miro mis manos antes de tocarte, las digo que disfruten, que no dejen una ración de tu piel sin catar.
Es tanto lo que te deseo que no creo que haya en el mundo suficientes velas para soplar, pidiendo que te cumplas. Eres la marea que sube y baja, yo soy la luna.
Cierro los ojos y aprieto las piernas para que no te vayas. Te pido que revientes muy dentro, que te pierdas donde ni siquiera yo pueda encontrarte, quiero detonar por los aires y que mis fragmentos cuelguen de las nubes en cadenetas de colores.
«Háblame» te pido, y un rugido del viento me revuelve las pestañas. «Háblame, por favor» y te escucho entrecortado, como si tu voz saliera del dial de una vieja radio que apenas sintoniza. «Te quiero» me parece entender, o tal vez me lo invento, pero lo atrapo y sin que me veas, lo escondo dentro del ombligo, para que no se pierda ni me lo quites cuando te arrepientas de habérmelo prestado.
El mar ahora es un lago de agua dulce, donde beben los pájaros que han escapado de nuestras cabezas. Una caracola se clava en mi costado y un cangrejo ermitaño huye avergonzado por donde ha venido
Te ruego que no te vayas, que te quedes a vivir justo ahí, donde te encuentras clavado. Que no me dejes nunca, y si lo haces, sea convertido en un río azucarado que resbale por mis piernas.
Ocurre el milagro y el agua se convierte en vino, me he debido quedar traspuesta y la copa se ha derramado bautizando mis muslos, lavándolos de pecado. Me levanto maldiciendo, no tanto por haberme manchado como por haberlo hecho a destiempo, un minuto antes de hacerlo de blanco.
Todo se desangra, incluido el cuaderno virginal de Pablo, intento limpiarlo con un esquinazo seco de la falda, el único que no ha cambiado todavía de color. Lo abro recordando que hay un mensaje para mí, leo una alabanza sobre la creatividad de mi pequeño, que se ha arrugado en un momento por culpa de la torpeza de su madre.
Voy a la cocina con el cuaderno goteando, colgando de mi mano, igual que una bestia desollada. Piso el rastro, dejo por el suelo la prueba que me declara culpable de haber estropeado los deberes del curso, y sin pensarlo, cojo un mechero de ese cajón de sastre que habita en todas las cocinas. Lo prendo fuego.
Miro las llamas que intentan huir del fregadero, veo la imaginación de mi hijo convertirse en cenizas y aun así, te pido como deseo antes de que se apaguen. Un polvo carmesí salpica el aluminio, eso es lo que queda de tanta voluntad por unir las letras, de esa caligrafía redonda y grande, de ese halago que yo, su mala madre, he leído tarde y mal.
El calor, ahora, lo siento extramuros. No puedo apartar la vista del destrozo, te suelto de la mano, intento no meter los pies en la orilla de nuevo, componer una excusa que contar al niño, que este le pueda contar a su profesor.
Lamento no haber convertido sus letras en un barquito de papel que purificara el agua, camino a su almohada, en lugar de elegir, una vez más, la destrucción del fuego.
Arde la leña y solo tu humedad la apaga.



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