El cielo no siempre es azul
Un día, de repente, coges los calcetines harta de verlos encima de una silla, y decides guardarlos en el cajón. Piensas que podrías decirle a ese que comparte casa contigo, que haga el favor de no dejar sus cosas por medio, pero no lo haces porque entonces te mirará con asco y tú le odiarás más si cabe, y siempre cabe.
Me dirijo a la habitación que todavía compartimos por una cuestión de logística, o de espacio. Es el único dormitorio, a veces, muchas veces, duermo en el sofá hasta que él se levanta, aproximadamente una hora antes de que suene mi despertador. Enciende todas las luces, incluida la del pasillo que ilumina mi cara como si un ejército de guerrilleros hubieran invadido la casa; carraspea, y la nicotina del paquete de tabaco del día anterior, viscosa y adherente, sube y baja por su garganta buscando una puerta de salida. En ese momento, yo siento una arcada.
Es más sencillo dormir en la cama de matrimonio, allí solo debo defender los límites, es decir, ocupar mis veinticinco centímetros y dejarle a él el metro veinticinco restante.
Maldiciendo, abro el cajón de su ropa interior y como si fuera una caja de sorpresas, saltan calzoncillos que se abrazan a mis piernas agradeciendo la libertad. « ¿Para qué plancharé?», pienso, «si termina todo guardado de cualquier manera». Me muerdo el labio evitando que salgan disparados los malos pensamientos, saco el cajón de los raíles y lo vuelco encima de la cama intentando poner un poco de orden, al menos ahí.
El contenido se invierte y encima de esa montaña negra queda una caja, un medicamento, como el pico nevado de la cumbre, hace equilibrios, me dice: «ven y cógeme». Doy un paso hacia atrás porque desde lejos ya lo sé, no necesito mirar para adivinar, soy auxiliar de clínica en un hospital desde hace treinta años, tengo más conocimientos de farmacia que Bayer. Estupor, eso es lo que siento, eso y algo de vergüenza, vergüenza y rabia, rabia y una pizca de dolor; un zarpazo en mi orgullo. Me muerdo el labio todavía más fuerte y sabe a hierro.
Mi marido, ese que lleva años sin procurarme un orgasmo, qué digo años, vidas, ¡¡toma Viagra!!
Me siento en un esquinazo, con el revés de un calcetín me seco una lágrima, que no sé por qué motivo, corre despistada por mi cara. La luz de la ventana ilumina mi mano, boca arriba, con la tela escurriendo entre los dedos, perfila un contraluz. Soy una señora pintada por Vermeer.
Es otra manía que me viene de lejos, ante situaciones traumáticas me convierto en arte, salgo de mí y formo parte de escenas que no me pertenecen, mucho más hermosas que el escenario donde me encuentre. Supongo que es mi manera de huir, de escapar del agujero que me lleva sin transbordo al fondo de una cloaca.
Mi escasa vena cómica aparece siempre en situaciones que no debería, entierros, en un hospital… Ante cualquier tragedia me hago monologuista de bar de extrarradio, y me río mientras lloro porque me hago gracia. «Manda cojones», me digo, «me siento culpable porque he vulnerado su intimidad al haber recogido sus cosas», también pienso, mientras, en cien modos de torturarle antes de cargármelo.
Termino por encogerme de hombros, como acaban todas las conversaciones que mantengo conmigo, y me autoconsuelo: «si no nos soportamos ¿que más me dará a mí lo que haga con su… pene?»
Y sí, me importa todo, y de todo, lo que más, la pereza de no saber qué hacer con esa información que no me atañe.
Voy emparejando los calcetines y colocándolos como si fueran granadas, en fila, tapando de nuevo el cuerpo del delito. Eso me entretiene y me vacía la mente, siento cómo me desinflo a la vez que la cama se queda limpia de polvo y paja. Oigo las llaves en la puerta de entrada, vuelve de trabajar y como siempre, queda un calcetín desparejado.



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