Tutores y bridas
Tutores y bridas...
La recojo del suelo y pienso: «a ti no hay brida que te sujete ni tutor que te sostenga». La deposito en mi mano en un acto que me parece muy poético cuando en realidad mi cabeza se ha quedado dando vueltas en el pensamiento inicial.
“Tutores y bridas” debería ser el título de una película bondage y no las herramientas de supervivencia para una planta de interior. La miro, arrugada, pero delicada y blanca todavía, como una doncella díscola. Las demás siguen ahí, amarradas al junco que las ha mantenido unidas, conviviendo en ese harén del tamaño de un estudio en el centro, durante seis meses.
Me siento en el sofá desandando mis pasos como si rebobinara una película, cruzo las piernas y formo un nido, la poso en su centro y continúo acariciándola. Parece una mariposa disecada, pero echa a volar.
Veo mi reflejo, cuatro pétalos transformados en extremidades embridadas como yo lo estoy a ti, y me pregunto si ha huido ella o el tutor le ha dejado marchar. O tal vez ya no me pregunte nada, todo forma parte de un entramado de brazos y piernas. Tus manos en mi cuello son un bocado que no agarra, pero frena para que no me desboque. Mantengo los labios abiertos y mientras tú, libando sin descansar.
¿Quién es el sostén de quién? Te susurro al oído, no respondes porque quizá no lo sepas o porque tienes la boca llena, a lo mejor el mutismo sea debido a una gula enfermiza y no a un pacto de silencio prometido a algún Dios acusador. «Mientras se come no se habla» decía mi padre cuando era pequeña, y eso haces tú, bien educado, eliges orientarme para que no me desvíe del camino señalado. Yo, a cambio, te riego.
No es fácil permanecer engarzada a ti cuando me sueltas las manos, como le ha ocurrido a mi flor. Creo que no se ha muerto, el tutor le ha dejado caer y se ha hecho la dormida.
Algunas costumbres no finalizan en la rutina del día a día ni en la monotonía ni en los posos del café. Las extraordinarias se envician, forman tumores infinitos que revientan en la boca, como bombones de licor.
Me alimento de ti y tú de mí, complacientes en dar sin recibir, o en ocasiones recogiendo, esas otras muchas veces.
Envidio a esas hojas que han volado por el balcón aprovechando un soplo de viento, por morirse en un instante feliz, en lugar de esperar, a que llegue otro invierno.



Comentarios
Publicar un comentario