Las apariencias engañan
─¡Capitán! Una rea está pariendo.
─¿Qué dices? En el cargamento no venía ninguna preñada.
─Traía la barriga oculta bajo las ropas. Y es ahora, cuando se ha puesto a aullar como un lobo herido, cuando lo hemos descubierto.
─¡Maldita sea! Ya sabéis lo que tenéis que hacer.
«¡Vaya noche!», se dice el suboficial mientras avanza torpe por la cubierta del barco. La tormenta hace que la nave se balancee de un lado a otro sin que la tripulación apenas pueda mantenerse en pie.
Empapado por la lluvia se dirige a la bodega, donde ha dejado a la mujer embarazada.
Él no ha tenido hijos, su vida es el mar, siempre a las órdenes de su señor, el rey de Inglaterra.
Este viaje es diferente, un despropósito según su opinión. Llevan cerca de doscientos días sin pisar tierra firme. Once naves cargadas de reclusos esperando ser confinados en las nuevas tierras, Australia es su nombre. El basurero inglés recién creado.
Abre la puerta de la bodega donde se encuentra a la muchacha retorcida en el suelo, desencajada, y con los puños apretando la falda empapada contra la tripa.
Al acercar la lamparilla a la joven, ve su cara contraída por el dolor. Es casi una niña, no ha cumplido los dieciocho.
« ¿Qué habrá hecho para estar aquí? La habrán cogido robando, son malos tiempos para los pobres. No parece más que una muchacha atemorizada», piensa el hombre.
El cuerpo de ella se tensa en la siguiente contracción, un grito lo anuncia; el hombre siente la presión de la mano de la rea sobre la suya, y recuerda que le ha quitado los grilletes cuando la ha dejado en la bodega. Nunca ha visto tanta fuerza en un cuerpo tan pequeño.
Sigue otro grito y otro y otro más, antes de que una masa viscosa mane de entre sus piernas.
Nervioso suelta la mano de la presa y se dirige hacia los sacos vacíos que se encuentran en un rincón. Coge uno de ellos y lo hace jirones para utilizarlo como paños, que humedece con el agua de uno de los barriles alineados en la pared de la bodega.
«No puedo utilizar mucha agua, apenas queda para el resto de la travesía. Si el capitán se entera de que la estoy malgastando con una presa, seré yo el que sea lanzado al mar», piensa mientras le pasa el trapo renegrido por la cara, intentando darle alivio.
El siguiente grito silencia el trueno que en ese momento parte el cielo.
El bebé se encuentra prácticamente fuera. Tanto, que el hombre de mar le sujeta entre sus manos por miedo a que se le deslice, como si fuera un pez.
Lo sostiene con cuidado y tira de la criatura hasta que sale por completo del cuerpo de la madre.
Coge su cuchillo del cinto y corta el cordón que les une, consciente, por primera vez en mucho tiempo, de que después de tanto daño llega el dolor de verdad. Tiene que separar al niño de su madre y hacerlo desaparecer como le han ordenado.
En un barco lleno de miseria no hay cabida para un recién nacido, morirá de todas formas si le deja. «Casi mejor adelantar el momento y evitarle sufrimiento», así se consuela.
El hombre recoge al pequeño del regazo de la madre. Sus miradas se cruzan por un instante, y la mujer comprende que ha traído al mundo un condenado a muerte.
La presa descubre el cuchillo en el suelo, y con un resto de arrojo que encuentra en sus entrañas vacías lo clava en la garganta al contramaestre, mientras un último alarido de dolor y rabia escapa de su boca.
Se levanta como puede con el niño en brazos, y con pasos de sangre se dirige a la cubierta. No es la primera vez que mata, pero esta vez es diferente, hubiera preferido no hacerlo, como estaba convencida de que el hombre que permanece desangrándose en el suelo, habría preferido no matar a su niño. Pero ella, mejor que nadie, sabe que uno no elige lo que tiene que hacer.
─!Eh, tú! ¿Dónde crees que vas? ─grita un soldado que la ve desde la proa.
Ha dejado de llover pero un relámpago chivato ilumina un bulto sumergiéndose en el agua.



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