Va por ti


 Va por ti…

Anoche volví a ver “Hiroshima mon amour”. La quinta vez en lo que va de año y la segunda en esta semana. 

En el caso de ayer no fue por masoquismo, fue un acto de celebración. Así que, me puse un dedo de whisky que hacía siglos que no probaba, y brindé a la salud de Marguerite Duras y Alain Resnais por haberme dado tanto. Me hice coparticipe y formé un triunvirato con los creadores de una de mis películas de dolor preferidas. Ellos son los dueños, yo, una vulgar ladrona de la esencia de cada fotograma en blanco y negro.

“Hiroshima…” Como le ocurre a los “Puentes de Madison”, que es mi otra masacre preferida, no son películas de amor como creemos, son películas de dolor, desgarro y desolación. El cine más gore, más carnal y más sangriento. Zombis que pasean por las calles como si tal cosa.

Tengo un amigo que dice que eso no es amor, que eso es obsesión, no sabe que eso ya lo inventó Aventura, un grupo de principios de siglo con una canción que llevaba ese nombre, y que muchos bailamos en las bodas de los amigos, que por entonces se casaban uno tras otro, y que ahora, con la crisis de la edad, se empiezan a descasar.

Tras su ritmo caribeño hay una letra en la que todos, o casi todos, nos hemos sentido identificados en algún momento de la vida: “hice cita pa'l siquiatra, a ver si me ayudaba, pues ya no tengo amigos, por solo hablar de ti…”, dice entre otras verdades dignas de sonrojo.

Me estoy desviando, demasiada energía hoy en forma de letras, eso es tan malo como dormirse en los laureles, la bipolaridad de la creatividad.

Hablaba de cine y de aniversarios, y es que una cosa lleva a la otra. Hoy hace un año que di por terminado el borrador de mi segunda novela, en la que parte del título fue robado también a la película de Resnais. Otra historia de amor, salvando las distancias, claro, que también trata de la demolición de dos personas.

Me apetece hacerle mi breve homenaje, por lo que me ha dado el escribirla y por lo que sé que me dará en un futuro cercano cuando salga a la luz. Porque hay cosas que se saben, porque de alguna manera todos somos oráculos de nuestro porvenir. Tendré que mojar hoy también el vaso.

Ha sido mi parto literario más duro, por eso quizá la tenga entre amor y miedo. De ella nacieron otras letras, en forma de palabras, de relatos, o reflexiones. Letras con música al fin y al cabo, porque la música puede no tener letra, pero las letras siempre tienen melodía.

Por todo esto le estoy agradecida a “Hiroshima mon amour”, también a los puentes que nunca se cruzan, a las lágrimas, al insomnio y al psiquiatra. A los amores obsesivos, cortos y cicateros, esos que nunca terminan. A las partes, que son las que se quedan en el recuerdo, ya sea una boca por besar o una mano que aparece difusa por un rincón de la mente. 

Esos recuerdos que a veces se muestra en color y otras en blanco y negro. Esos fragmentos que nunca se parecen al todo de la rutina diaria. Porque eso, lo que duele, es lo que escribe los libros. 

Ya aprovecho para adelantar que en el próximo, que está a medio hacer, no hay ni una gota de amor, de ese amor.

Vaya mi enésimo agradecimiento a la musa que me asistió como una comadrona experta, sacando de mí con sus manos cada silaba, cada palabra… Vaya también este trago de whisky que me arde en la garganta, ella que me conoce como solo puede hacerlo quien está dentro de ti, sabe de lo que hablo.

Pero sobre todo brindo por ti, amigo, que defiendes el día a día, el cariño y la lealtad. Eso de en la salud y en la enfermedad, todo ello menos literario pero mucho más inocuo.

 

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