Una Cenicienta afortunada

 


Una Cenicienta afortunada…

El 9… Decenas de millar.

El 8… Unidades de millar.

El 0… Centenas.

El 2… Decenas.

El 1… Unidades.

Se levanta del sillón de un brinco y la ceniza del cigarro le cae por las piernas, un olor a chamusquina se extiende por la habitación.

Sin importarle que la casa arda se pone a dar saltos de alegría como una loca. Le acaba de tocar el Cuponazo, y no uno cualquiera, no, el especial de quince millones de euros.

Su cabeza procesa tanta información en ese momento que no sabe por dónde empezar. Hablar con la familia es lo primero, « ¡qué ganas de echar a esas tres pájaras de casa!» piensa. Ya no necesitará el dinero que le dan para mantenerla. 

Puede imaginar la cara de su madrastra cuando la ponga de patitas en la calle con las niñas.

─Bien, vamos por partes ─se dice intentando tranquilizarse─, lo primero es ir al banco a ingresar el cupón, no vaya a ser que me lo roben.

Cenicienta, que así se llama la afortunada, sale a la calle corriendo con la misma ropa que lleva en casa. La gente la mira sorprendida mientras corre en zapatillas con un vestido viejo que enseña más que cubre, siendo lo que enseña demasiado en cantidad y digno de ser ocultado.

Tanto es así que el guarda del banco le echa el alto pensando que es una indigente que intenta colarse. Cenicienta, que saca una cabeza y dos cuerpos al hombre medio, español, le planta con un graznido el cupón en la cara haciendo que él, sin estar muy seguro de lo que ocurre, la deje entrar.

Una vez conseguido el ingreso del cupón y con un séquito de chupatintas guardándole la espalda, sale a la calle y se dirige de nuevo a casa para hablar con quién ella denomina su familiastra.

Por el camino llama a su madrastra desde el móvil:

─Dime Cenicienta, no me puedo entretener mucho, tengo que sacar un informe a mi jefe.

─Tengo que hablar con vosotras, a las seis os quiero en casa a las tres, sin falta ─y diciendo esto cuelga el teléfono de tal modo que a la madrastra le queda un zumbido en el oído durante el resto de la mañana.

« ¡Qué carácter tiene esta chica!, desde pequeña vive amargadita. Su padre y yo llegamos a pensar que era envida por sus hermanas, ¡tan guapas!, y es que ella, la pobre, ha sido feucha siempre, y cuanto más mayor, más fea. No se ha cuidado nunca, ni el aspecto ni la salud, y… ¡Qué inquina al agua ha tenido siempre!

Yo me habría ido con las chicas hace unos años, al morir su padre, pero me dio pena dejarla sola. Además, con el dinero que le doy para los gastos de la casa puede ir tirando. La ignorante todavía piensa que nos hace un favor dejándonos vivir con ella en el piso que le dejo su padre. Ya ves tú, es lo único que tiene. ¡El pobre no tenía un duro! Y ella que no dado un palo al agua…»

Estos son los pensamientos de la madrastra mientras saca el balance de sumas y saldos que le ha pedido su jefe.

Cenicienta vuelve a su hogar no sin pasar antes por el Burguer, donde se compra un menú talla XXL, con batido de chocolate incluido para celebrar la ocasión. Cuando entra por la puerta sale a recibirla su gato, su mascota desde hace ocho años. Inseparables desde el día que se zampó los dos hámsteres de Anastasia y Drizella (sus hermanastras). Estas estuvieron tres días llorando la muerte de Gus y Jack, los malditos roedores.

Desde entonces, Lucifer, el gato, procura no salir de la segunda planta donde vive, por si acaso le hacen pagar el raticidio.

El contraste entre los dos pisos de la casa es bárbaro. En la parte de abajo siempre huele a lavanda y pino, en cambio, en la de arriba, donde viven Cenicienta y Lucifer, el olor es putrefacto, el humo unido a la falta de ventilación y de higiene hace que parezca el váter de un club de carretera.

A las seis en punto entran las tres mujeres mientras la nueva rica las está esperando tras la puerta.

─ Voy a ser rápida. Tú, tú y tú ─dice señalándolas─, ¡a la puta calle!

─Pero ¿qué te pasa? ¿Qué te hemos hecho? ─le increpa la madrastra enojada.

─Existir. No quiero ver vuestras caras lánguidas nunca más. ¡Tenéis hasta mañana para recoger vuestras cosas y largaros! ─chilla como si las otras fueran sordas.

A la mañana siguiente, a eso del mediodía cuando por fin se levanta, descubre la casa vacía, ya solo le queda pensar en que gastar todos los millones que tiene guardados.

Los primeros días de su estrenada riqueza no hace otra cosa que estar tirada en el sofá viendo la tele. Haciendo lo mismo que cuando era pobre. Empieza a pensar que tener dinero no tiene tantas ventajas, sobre todo si no tienes con quien compartir ni siquiera el tiempo.

Entre cigarro y cigarro va consumiendo las horas del día sin moverse sino es para ir a la nevera.

En la séptima noche de su nueva vida se despierta con uno de sus ronquidos mientras en la tele anuncian:

─Llama al 902 666 666. La doctora Ada puede cambiar tu vida. ¿Unos kilitos de más? ¿Una nariz demasiado grande o un busto demasiado pequeño? Solicita una cita con nosotros y la doctora Ada cumplirá todos tus sueños.

Una idiotizada sonrisa aparece en su cara « ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Gastaré dinero en ser guapa».

Dicho y hecho. A la mañana siguiente la Doctora la atiende en su consulta. En cuanto Cenicienta deja caer por teléfono el dineral que tiene, le dan la primera cita del día.

─Muy bien Cenicienta, cuéntame, ¿qué cambios quieres que hagamos en tu cuerpo? ─le pregunta la doctora llena de dulzura, aunque en realidad lo que está pensando es: « ¿Pero quién te has creído que soy? ¿La virgen de Lourdes?»

─Había pensado en unos retoques, tampoco gran cosa, me dejo en sus manos, doctora. Por dinero no hay problema, no escatime.

─Bien, no te voy a engañar, no va ser cosa de la noche a la mañana, pero conseguiremos que en unos meses y después de unas cuantas operaciones, no te reconozcas.

Un año después tras una reducción de estómago, liposucciones varias, una reafirmación de pecho, Botox por todo el cuerpo, sin contar con el arreglo de boca con fundas de porcelana incluidas, depilación láser, y varios tratamientos capilares, Cenicienta es dada de alta de la clínica de la Doctora Ada.

A partir de ese momento todo empieza a cambiar. Los hombres la miran por la calle, comienza a tener una gran vida social y lo más importante, por primera vez se siente bien… Conforme.

De la madrastra y las hermanastras no vuelve a saber nada, ha cambiado por fuera pero su corazón sigue siendo el mismo. Tampoco se le conoce ninguna relación sentimental seria.

Se rumorea que la invitaron a una fiesta porque un príncipe de no sé dónde quiso conocerla, pero declinó la invitación. Si quiere estar con un hombre lo busca en la página de contactos y lo contrata por horas.



    


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