Un mal día
Un mal día…
Pobrecilla la señora de la cama de al lado. Mira a su hija pidiéndole que la deje en paz, pero esta, que no quiere enterarse, le habla y le habla. Como si los cien años de experiencia de su madre no sirvieran de nada.
Utiliza ese tonito que se pone para hablar con un bebé, como si la señora en lugar de anciana fuera lerda.
«Así acabaremos todos», pienso mientras observo a mi madre dormir, sentada a los pies de su cama.
Por fin lo ha conseguido, descansar un rato, después de una noche de diarrea, fiebre, y enfermeras entrando y saliendo.
Y es que, mi vieja es mucha vieja. Ahí está, sin fuerza ni para cambiar de postura. ¡Con lo que tú has sido manos de pollo, y cómo te ves!
Te daría mi aliento para que respiraras, para que te comieras el mundo. Aunque tú te lo fumarías mejor, ¿eh, bribona?
Yo que te quiero dar todo y todo puedo menos lo que necesitas: salud.
Abres los ojillos, casi ni se te ven, con razón de joven te llamaban “la Chini”, si en lugar de ojos parece que te han dado dos puñaladas en la cara.
Aprovecho para levantarme a achucharte, a respirar el jabón de tu cuello, ese es mi oxígeno, ojalá yo fuera el tuyo.
─¿Tienes hambre? ─te pregunto, aunque sé que me dirás que no.
─No, tengo sed.
Te incorporo en la cama para darte de beber, a ver cómo te sienta, y tú me regañas por no poner una servilleta entre el vaso y la sábana. Buena señal, eso es que estás mejor. Me pides que te peine un poco y aprovechas para decirme muy bajito.
─¡Qué pesada! ─Refiriéndote a la señora de al lado, que es la milésima vez que llama a su madre “cariño mío”, y le ofrece cualquier cosa sin que la pobre le conteste.
Mientras te peino me dices que te encuentras mejor, que por lo menos has dormido un rato, y ya de paso, que a ver si te traigo el esmalte de uñas, que desde que estás en el hospital se te ha descascarillando el que llevas.
Te escucho y te comía entera, porque en lugar de una madre tengo una Princesa que se quedó en el “Prin”.
Y siento como te quiero y las ganas que tengo de llevarte a casa, de no gastar ni un solo día más aquí. De intentar que engordes un poco para que no te pierdas por los pijamas.
Poder verte sentada en tu sillón, abrigada con tu bata preferida. De grana, que no has sido tú nunca de blanco ni de negro, y mucho menos de verde hospital.
Hay que marcharse de aquí cuanto antes, de este nido de infecciones del cuerpo y del alma, no vaya a ser que te acabe llamando “cariño mío”, y sobre todo, no vaya a ser que tú no me contestes.



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