No soy escritora
No soy escritora…
Está sentada un día más frente a una pantalla en blanco. Ha vuelto a abrir lo escrito en días anteriores, un relato sobre una niña con bulimia y otro sobre la amistad. Los ha cerrado sin guardar los cambios. Ha hecho lo mismo con el comienzo de su tercera novela… No se le ocurre nada que añadir. Síndrome de la página en blanco, le llaman a eso.
Así que, lo más aséptico es seguir mirando una pantalla, que tal vez rellene con pensamientos deshilachados, que no llevan a ninguna parte…
¿A quién pretendo engañar? Esto no es el comienzo de un relato, ella no es ella, ella es yo. Y no escribo porque no me sale.
Hace más de un mes decidí que no volvería a escribir sobre amor, amor romántico se entiende, en parte porque los últimos relatos llamados Anagramas me dejaron exhausta, y no llegaron donde debían llegar. Por otro lado está el grupo de críticos que tengo a mi alrededor, hacen tambalear cualquiera de mis intenciones, hasta las buenas
Les he dado el beneplácito de la duda a los que piensan que tanto amor empalaga, y a los que opinan que sobre lo que yo hablo no es real. Que lo de verdad es el día a día, estar en las buenas y en las malas, sufrir para pagar facturas, y compartir de todo un poco hasta que “la muerte nos separe”.
Y aquí estoy yo, intentando hablar de otras cosas que no me salen, obediente y sumisa. Es así como me doy cuenta de que no soy escritora, solo una escribiente de un mismo tema, por muy universal que diga que es para convencer al prójimo. Eso de enamorada del amor no existe, dicen. Y digo yo ¿qué sabe nadie de nada y menos de los demás?
Hace poco tiempo, una persona a la que respeto mucho, ya me lo insinuó. Me vino a decir algo así como que un escritor muestra su obra, no su vida ni sus intimidades. Creo que iba un poco en la línea de Umbral “yo he venido a hablar de mi libro”, eso es lo que hacen los profesionales del campo. De este campo.
Escribo generalmente en primera persona no para que sea más autobiográfico, probablemente mis escritos en tercera hablen tanto o más de mí. Lo hago porque me lío con los leísmos. En el “yo” se utilizan menos. También tengo dudas con las comas, que las reparto como si hubiera comprado un lote a punto de caducar. Para qué hablar del “si no” junto o separado, y otros muchos problemas ortográficos que no siempre son fáciles de solucionar.
Eso sí, debo decir a mi favor y en defensa de mi vocación, que llevo un mes sin escribir, y estoy que me subo por las paredes. No porque necesite contar historias, lo que no quiero es morir asfixiada por mis propias palabras, las que no digo, y no por falta de sinceridad ni por exceso de diplomacia, ni siquiera por ganas de hablar, que no las tengo. No, no las digo porque uno no va diciendo por la vida cosas como “te llevo en cada arista de mi cuerpo”, o “siento el gotelé de las paredes arañándome el pecho, en las noches de insomnio”. Y yo quiero expresarlo así, sí, de tripas hacia abajo, con esa contundencia, con toda la cursilería del exceso, y la rotundidad que solo da la piel.
Ya sabemos que la vida es otra cosa, pero yo dibujo la mía como quiero, y también la escribo. Soy un vomitorio, no de emociones, esas no se explican; esas se tocan, se sudan y se lamen. Lo mío es un problema de atasco verbal.
Claro que preferiría engullir todo lo que se me atraganta, tengo un amigo al que le encantan mis relatos de hombres silenciosos, porque se siente identificado con ellos. Yo no, me gustaría… pero no. Mi dificultad para hacer digestiones no me lo permite.
Hay quien piensa que decir lo que sientes, no tener pudor, te hace libre, al contrario, te hace vulnerable, pero es la única solución a una úlcera sangrante.
Se lleva mucho eso de llamar “intenso” a ciertas personas, entre las que me incluyo y me incluyen, y no me gusta la utilización que se hace de esa palabra, ni siquiera cuando me la aplico a mí misma. Intenso no es ser triste ni exagerado, al contrario, significa vitalidad, estar vivo. Y eso no es ni bueno ni malo, es algo que uno no decide, como no elige ser simpático o alto o guapo. Aunque todo ello, incluida la intensidad, sea regulable.
En mi caso, y volviendo a esto de escribir, me gustaría decir que soy algo de cada uno de mis personajes, tanto de los relatos como de las novelas. El pulso de mi mano izquierda tiembla como a Eva la pierna cuando está nerviosa. También vomito lo sobrante como ella (“Eva de paso” es muy mía). Puedo volverme loca de amor hasta que los pies me sangren por ir tras él, como Olga en “Cuando Nevers invadió Hiroshima” (ese libro que espero vea la luz porque se lo debo a mis noches sin dormir y de llanto). Y mataría por volver a encontrar el calor en la tripa de mi madre, como hizo el pequeño Jack. Soy todos y cada uno de ellos, aunque sea en un par de pinceladas, y por eso escribo, para poder serlo.
Tal vez escribir sea eso, una forma de vida, no una profesión, en mi caso la mejor forma de acariciar que conozco, la menos invasiva quizá. El lugar donde uno dice lo que quiere y es quien desea ser. Donde dibujas los mejores escenarios posibles, en los que llorar, donde reír, y claro que sí… Amar también.
En fin, que estás casi mil palabras siguen demostrando que estoy seca de ideas, pero al menos hoy, la pantalla tendrá otro color.



Sí eres escritora y de las mejores
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