Confesiones nocturnas
Esta noche he soñado contigo... Estabas desnuda, y yo te miraba desde atrás, me gusta contemplarte así, sin que te des cuenta, es cuando más “tú” eres, y más mía también. Así me gusta sentirte, solo mía.
Te estabas peinando con las manos, introducías tus dedos por el pelo, colocándolo. No podías verme pero sabías que estaba, porque me sonreíste, y yo conozco esa sonrisa, la que me regalas cuando me invitas, porque son tus ojos los que se curvan, no tu boca.
Has inclinado tu cabeza, ladeándola hacia un lado, y he podido ver tu cara, los milagros del sueño. Poder verte como me gustaría hacerlo siempre, entera. Has subido las cejas en un signo de interrogación del que sabes la respuesta.
Me he acercado despacio, y sé que me has sentido a tu espalda porque has cerrado los ojos, y la sonrisa, esta vez de tu boca, se ha ampliado.
He abrazado tu cintura y tú has amarrado mi abrazo para que no se soltara. Has sentido mis labios en la nuca, y te has pegado a mí; tu calor, lejos de derretirme, ha templado el mástil izado entre mis piernas. Rígido, duro, pétreo, atraviesa cada una de las siete gradas que llevan al purgatorio, y tú has salido a su encuentro, en su ayuda; sin girarte, con esa mirada porfiante que me vuelve loco, una llamada de placer y dolor.
Te inclinas ofreciéndote, ahora tu espalda es el reposo horizontal de mis manos. La he recorrido para aprehender cada parcela, para que el tacto desconocido de tu piel se me adhiera. Has entreabierto la boca sin soltar palabra, otra puerta más de acceso al paraíso. He acariciado tus labios, y has ido atrapando entre ellos cada uno de mis dedos, humedeciéndolos, preparándolos para continuar el viaje de descenso por la laguna estigia de tu cuerpo. He encontrado la gruta donde se encuentra tu infierno, y mis dedos han entrado intentando sofocar un incendio por el que gimes y vibras, te retuerces y me pides que te de todo lo que tenga, que no deje una entrada tuya sin que mi cuerpo guardián la proteja.
Me convierto en tu siervo y te obedezco, te rompo y te recompongo con cada vaivén que amaina tu ansia de ser cubierta.
Me muerdes la palma mientras un estertor y un aullido impreso en el dorso de mi mano anuncian tu final, precipitando la llegada del mío. Hasta que rendido, amor, he reposado mi cabeza en tu espalda.
En ese momento me he despertado empapado, como un quinceañero satisfecho.
Tenía que contártelo, ahora no puedo quitarme de la cabeza un orgasmo clavado en tu espalda, ni tu clímax derramándose en mi mano.



Muy bueno!!!
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Gracias!😘
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