Dónde las dan, las toman
Dónde las dan, las toman …
─Mi padre y el padre de mi padre ya trasegaban por ese sendero, señoría. Es de obligatoriedad tener una servidumbre de paso en las tierras, de siempre ha sido así. No hay otra manera de llegar a la acequia más que cruzando la finca de los Marqueses de Fuentespino.
»Nunca ha habido problemas. Mi abuelo en época de matanza obsequiaba al Marqués con chorizos, morcillas y otras partes del cerdo, prueba de la buena relación que existía entre las familias. Cada uno en su casa y Dios en la de todos, eso sí, qué tampoco es cosa de mezclar Churras con Merinas.
»Ellos siempre han sido los señores Marqueses y su casa, su casa. Nosotros una familia honrada que ha vivido siempre sin quedarse con lo de nadie.
─Sr. Blasco, detalle el motivo que le trae aquí, por favor.
─Señoría, antes déjeme que le ponga en antecedentes. La marquesa de Fuentespino, señora de la casa, es ocho meses más joven que yo. Esto hizo que de chiquillos compartiéramos juegos. Mi madre fue su ama de cría, la suya estaba seca y no podía alimentarla. Por este motivo todos los días mi madre repartía su leche entre los dos.
»Hasta los cinco años Rosalía Fuentespino no se destetó. Todos esos años los pasamos sin despegarnos. Con el tiempo yo comencé a acompañar a mi padre con los animales y Rosalía, perdón, la señora Marquesa, aguardaba a diario a vernos pasar. Nos seguía hasta la acequia donde pacían y bebían las bestias, para jugar conmigo. Padre me decía: "Emilio, esta moza nos va a traer problemas".
»Con el tiempo la enviaron a la capital a casa de unos familiares para que aprendiera cosas de chica rica. Yo seguí trabajando con mi padre hasta el día que falleció, ¡Dios le tenga en su gloria! A partir de entonces me hice cargo de la casa, de mi madre y de mi hermana pequeña.
»A los veinticinco años conocí a la Remedios, un año tardé en casarme con ella. Era la moza más guapa de La Alcarria. Ahora, con veinte años más y tres zagales, la Remedios sigue tan hermosa como el primer día. Pa mí no ha habido más hembra que ella. Yo nunca he sido de esos hombres que muelen el grano ajeno y dejan el suyo secar.
Hace dos años volví a encontrarme con la señora Marquesa, cruzaba con mi burro por su finca y vino hacía mí. Yo no la había reconocido, la verdad, pero ella me llamó por mi nombre y me dijo: “Emilio, ¿ya no saludas a los amigos?”
»Me dio alegría de verla, aunque también me apuró un poco el tuteo. Ella era ya Marquesa, había vuelto a casa de sus padres tras el fallecimiento de su madre viuda. “¿Qué tal? ¡Cuánto tiempo!", le contesté. Insistió en que me acercará a la casa a tomar un café y a "ponernos al día", según sus palabras. Pero a mí no me pareció bien esa familiaridad, por ese motivo rechacé la invitación y continué mi camino.
»Hacía años que habíamos vendido el ganado, pero seguía sin haber modo de salir de nuestra casa de no ser por las tierras de los Marqueses. El trigal que le había comprado a Pascual, el hijo de Don Marcelo, lindaba con sus terrenos. A diario tenía que volver a atravesar el paso para ir a trabajar las tierras. Seguí viéndola a menudo y cada vez me incomodaba más. Me hablaba de su esposo, me decía que la tenía desatendida, que no pensaba en otra cosa que en trabajar y que envidiaba la suerte de mi Remedios por tenerme a su lado.
»Cosas que una mujer decente no debía decir, señoría. Veía en sus ojos malas intenciones y recordaba las palabras de mi difunto padre cuando me advertía que nos iba a traer problemas.
»Así pasaron los meses. Ella haciéndose la encontradiza y yo cada día más parco. Un día las cosas llegaron a más y me dijo claramente que si quería seguir pasando por su propiedad tenía que darle lo que no recibía de su marido. Cogí el asno y continué mi camino sin contestarle siquiera.
»A la tarde siguiente me estaba esperando. Cuando me vio aparecer me dijo: "Emilio, como vuelvas a pasar por mis tierras mando cortar la cabeza al burro". A lo que yo le contesté: "Señora Marquesa, como le corte la cabeza al animal le corto yo la suya". Pasaron los días y no volví a verla. Pensé que por fin me había dejado en paz.
»Hace dos días, al caer el sol, cuando iba a emprender la vuelta a casa me encontré a la pobre bestia patas arriba, con la cabeza rebanada. Marché dejando al animal donde estaba. Tenía que pensar en lo ocurrido, no quería hacer nada en caliente de lo que luego pudiera arrepentirme.
»A la mañana siguiente hice a pie el mismo camino de todos los días y allá estaba ella. Yo soy un hombre de palabra, señoría. Así que, me acerqué a la Marquesa, y con la misma hoz que hago la siega le separé la cabeza del cuello. La misma que le traigo en este saco. La misma por la que estoy dispuesto a acatar la sentencia que usted dicte.
»Yo hice justicia y así espero que se haga conmigo.



Está interesante este cuento con un lenguaje no habitual y que narra una historia de acoso y de injusticia social. Dice mucho en pocas palabras. Como todo buen cuento
ResponderEliminarMuchas gracias Anitazamorano por tus palabras.
EliminarMuy buen relato, Carol.
ResponderEliminarEs muy diferente a casi todo lo que he leído de un tiempo a esta parte.
Gracias Juanjo, eres muy amable.
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