Donde habita el olvido
Donde habita el olvido…
Las nubes desfilan cubriendo el sol que prende la espalda de Tomás, ahora sí, ahora no. En mitad de esas luces y sombras, un perro salpicado de canela se acerca al hombre, y se detiene frente a él, jadeante, con la lengua colgando.
ꟷ¡Capitán! ¿De dónde sales, bribón? ꟷEl animal avanza cauteloso los cinco o seis pasos que les separan, hasta esconder su cabeza bajo la mano, demandando caricias. Tomás, obediente, pasa la palma acartonada, por el cuello y el hocico del perro, que comienza a saltar de puro contento, premiando al abuelo con dos condecoraciones de barro en la camisa.
ꟷ ¡Ay rufián! ¡Mira cómo me has puesto la ropa! Verás cuando lo vea el ama, la bronca que nos va a caer. Anda, vamos, acompáñame a comprobar si está la verja cerrada. ꟷEl hombre se levanta del banco ayudándose del bastón. ꟷTengo que cortar los setos antes de que llegue el invierno. Esos de ahí están tan frondosos que en poco tiempo no podremos ver nada del exterior. Y la hierba también necesita un repaso, ya está comenzando a amarillear.
Esto le va relatando Tomás a su amigo mientras echan a andar. El perro que un momento antes estaba saltando y jugando, empieza a caminar con lentitud, como si hubiera alcanzado la edad del anciano. De vez en cuando el hombre se para, y mira al horizonte aprovechando para recuperar el aliento. Mientras, los ojos del animal, como dos canicas marrones, permanecen vigilantes, guardianes, centinelas de los movimientos del viejo.
ꟷDentro de poco vamos a perdices, Capitán. De aquí a un par de meses cogemos la escopeta y salimos al campo. A ver si este año le demuestras también al podenco del Gabriel quién manda. Ja, ja, ja ¡Vaya, cómo se puso el año pasado cuando se marchó a casa con tres perdices contra las quince que nos llevamos nosotros! Le sentó como una patada en las tripas.
Siguen caminando hasta que una gran puerta de hierro impide que la avanzadilla continúe. Tomás coge el candado que une las dos hojas, y tras moverlo de un lado a otro, comprueba que está cerrado. Apoya el bastón contra la cancela e intenta asomar la cabeza entre dos de los barrotes, permanece así durante unos minutos, con la mirada velada, hasta que un hocico le empuja por detrás.
ꟷSí, ya vamos. ¿Tienes hambre, verdad? ¿Qué nos habrá preparado hoy el ama para cenar? Ojalá sea un conejo con tomate, de esos que solo sabe cocinar ella. Cubiertito de pimientos asados. Escucha las tripas cómo suenan.
Y así inician el camino de vuelta. Desandando sus pasos, pero esta vez Tomás permanece mudo todo el trayecto.
El sol está iniciando su huida cuando la figura de una mujer vestida con bata blanca, y con andares marciales, se dirige hacia ellos.
ꟷ¡Tomás, llevo una hora buscándole por toda la residencia! ¿Dónde estaba?, no se ha tomado la pastilla. ¡Tiene que dejar de andar con ese chucho callejero! ¿No ve que está lleno de porquería? Va a coger lo que no tiene ꟷle increpa la mujer, como quien regaña a un niño.
ꟷ¡Capitán, mira qué guapa se pone el ama cuando se enfada!, pero tú ni caso. Ya sabes las mujeres cómo son, no vamos a dejar que nos amedrente, en peores garitas hemos hecho guardia, ¿eh, bribón?
La enfermera coge del brazo al abuelo y le ayuda a subir los tres escalones que les separan de la entrada. El perro permanece inmóvil, custodiando la puerta hasta que su amigo desaparece tras ella.



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